Os cuento una historia por si os sirve de ayuda. Desde joven me dolía la cabeza por cualquier cosa. Bien por el cansancio, por el ruido, por el estrés, incluso a veces sin ningún motivo.
Pero con el tiempo esos dolores dejaron de ser cosa de un día y empezaron a convertirse en algo que estaba conmigo todos los días. Y no, no eran las típicas excusas que mucha gente usa para hacer chistes, como eso de “tengo dolor de cabeza para no hacer el amor”.
A mí aquello siempre me molestó, porque la gente no sabe lo que es vivir con un dolor que no te deja trabajar, ni disfrutar, ni dormir. No era una broma. Era algo serio. Y ahora os vais a dar cuenta.
Mis jaquecas empezaron a hacerse tan frecuentes e intensas que afectaron a mi día a día. En el trabajo me costaba concentrarme. Me sentaba frente al ordenador y las letras parecían vibrar, como si alguien moviera la pantalla sin parar. Era como si me dieran con un martillo en la cabeza.
A veces tenía que cerrar los ojos un momento, respirar hondo y esperar a que el dolor bajara un poco antes de seguir. Hasta el punto de que mis compañeros me preguntaban si estaba bien. Y no, no lo estaba.
EN lo personal
En mi vida personal la situación no era mejor. Mi marido ya estaba muy preocupado. Yo llegaba a casa agotada, sin ganas de hacer nada, ni siquiera de hablar, solo quería meterme a la cama y estar a oscuras. Hasta el sonido de la televisión me molestaba.
Al principio pensé que sería algo temporal, tal vez estrés o cansancio acumulado. Probé de todo. Y cuando digo de todo es que es de todo, por ejemplo analgésicos, infusiones, masajes, cambios de rutina, dormir más horas. Pero nada funcionaba. Ahora mismo mi vida era solo una jaqueca constante.
Un día, después de una mañana especialmente molesta en el trabajo, decidí que ya no podía seguir así. Llamé a la clínica neurológica NEA en Madrid, cerca de la zona de Moncloa, de la que una compañera me había hablado muy bien.
Me dijo que allí había un neurólogo con mucha experiencia y que podía ayudarme a encontrar por fin una explicación. La verdad es que no tenía esperanzas, pero me tenía que agarrar a lo que fuera, porque ya eran muchos años.
En la primera consulta el neurólogo me trasmitió mucha tranquilidad y me dijo que pasa a mucha gente, más de lo que pensamos, lo que pasa es que se vive en silencio. Me explicó que para diagnosticar enfermedades neurológicas lo primero es hacer una buena historia clínica y una exploración completa.
Luego ya si es necesario se hacen más pruebas complementarias como evaluaciones neuropsicológicas, análisis de laboratorio, TAC, resonancias magnéticas, electroencefalogramas, electromiogramas, potenciales evocados y muchos otros estudios especializados. Palabas muy técnicas, pero que poco a poco fui sabiendo de ellas.
Me hicieron varias pruebas, algunas más sencillas y otras un poco más largas, pero todas necesarias para descartar diferentes causas. Yo estaba nerviosa, lo reconozco, porque temía que no encontraran nada y que mis jaquecas siguieran acompañándome siempre. Pero también sentía una pequeña chispa de esperanza: por primera vez alguien estaba tomando mi dolor en serio.
Cuando volví a la consulta para recibir los resultados, el neurólogo me explicó con palabras claras lo que me pasaba. No era algo grave, pero sí algo que necesitaba tratamiento específico. Me habló de un plan adaptado a mi caso: medicación preventiva, cambios en ciertos hábitos, y un seguimiento regular para ver cómo evolucionaba. Yo pienso que en ese momento ya vi la salida del túnel.
Las primeras semanas de tratamiento fueron complicadas, lo tengo que reconocer. Pero es cierto que poco a poco empecé a notar la diferencia. Los dolores estaban pero ya eran menos constantes. Pero yo comencé a tener más fuerzas y eso era lo fundamental. Ya no quería estar sola en casa y a oscuras. Todo un avance.
En el trabajo volví a concentrarme, a sentirme útil, a no depender de analgésicos cada dos horas. Y en casa… bueno, en casa recuperamos la normalidad, esas pequeñas cosas que tanto se echan de menos cuando se pierde la salud.
Hoy no puedo decir que mis jaquecas hayan desaparecido del todo, pero sí puedo decir que tengo una vida mejor, y con eso ya me conformo. La verdad que espero que esta historia haya servido para que quien esté pasando por esto pueda dar un paso hacia adelante.





